Viajar a Chenonceau Paris, el más romántico de los puentes

Los puentes no pertenecen a la tierra, ni al agua, ni al cielo. Son la expresión de un deseo de unir mundos. Un territorio en donde no podemos permanecer, sino siempre transitar.

Chenonceau
Chenonceau

Desde uno de los más bellos puentes de París, observaba cómo se divertía el sol con el Sena mientras, a ambas márgenes del río, la ciudad corría, gritaba y trabajaba al ritmo de una orquesta de voces y bocinas. Por horas me entretuve tratando de contestar la pregunta ¿cuál es la esencia de los puentes?.

Rememoré todos los puentes donde había estado y las sensaciones que probé sobre ellos. Evoqué cientos de historias literarias y cinematográficas que transcurren sobre puentes. La inquietud continuó al regreso. Investigué sobre los puentes más asombrosos del mundo. Pero en uno de mis viajes posteriores hallé al más romántico de los puentes, que inusitadamente, también es un castillo, el poético Château de Chenonceau.

Se emplaza sobre las aguas del río Cher, en la región francesa del Valle del Loira. Los guías turísticos del lugar comentan que es llamado “el Castillo de las Damas” debido a que fueron mujeres quienes lo concibieron, decoraron, reformaron y dieron vida: Catherine Briçonnet, la esposa del primitivo dueño, Diana de Poitiers, amante de Enrique II, su esposa Catalina de Médicis y la nostálgica Louise de Lorraine.

¿Hay acaso algo más romántico para una mujer que vivir en un puente?

Philibert de l’Orme diseñó el puente cuya destinataria fue Diana de Poitiers, amante favorita del rey. A la muerte de Enrique II, Catalina de Médicis despoja a Diana del castillo e intenta exorcizar su presencia con grandes reformas y proyectos. Construye la fascinante galería de 60 metros y los románticos jardines, realizados en base al diseño que le presentara Bernard Palissy: “Dibujo de un Jardín Deleitable”.

Pocos años más tarde, el Château de Chenonceau cambia nuevamente de dueña, Louise de Lorraine, quien a la muerte de su esposo lo inunda de melancolía y soledad pintando completamente de negro su habitación privada. Finalmente, Louise debe abandonar el castillo por problemas financieros.

Si un puente es a la vez castillo, su esencia no es transitar, sino permanecer. He aquí la paradoja de este puente. Pero quiso la historia, y quién sabe si éste no sea el destino que deparan todos los puentes, que todas las mujeres que lo han habitado hayan tenido que seguir su camino hacia otras tierras.

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