El intacto pasado de Olympos (Grecia)

Al norte de la isla griega de Cárpatos, un puñado de casas blancas se aferra a las alturas del monte y a un pasado que no quiere dejar escapar. Es el pueblo de Olympos, mirador del Mar Egeo y reducto de ancestrales tradiciones que conmueven a los viajeros contemporáneos.

Es tierra de molinos de viento y añejas miradas que sonríen más allá del tiempo. Para protegerse del ataque de los piratas, contaba con una cinta muraria de la que todavía se conservan huellas. Sin embargo, su posición aislada sobre una cresta de la cadena del Cárpatos fue su mejor protección contra los invasores y el paso del tiempo.

Son las mujeres las protagonistas de Olympo. Antaño una sociedad marcadamente matriarcal, en la actualidad las madres dejan a sus hijas mayores su hacienda y los padres a sus hijos. La vestimenta tradicional consiste en faldas y delantales oscuros con bordados o túnicas ricamente bordadas color verde claro y rosa, con destellos plateados. Un tintineante collar de monedas de oro anuncia la soltería de la mujer.

La arquitectura de la ciudad es encantadora por el cromatismo de las casas blancas en contraste con el azul de las ventanas y los coloridos balcones. Su disposición interior respeta los cánones de hace siglos: una única habitación entorno a una columna central. Visitar el interior de una casa de Olympos representa una oportunidad única para entrar en contacto con lo más íntimo de las tradiciones del pueblo: una sagrada colección de objetos, recuerdos, telas bordadas, utensillos de campo y retratos.

Todo el esplendor de los trajes tradicionales puede disfrutarse en las festividades patronales, en especial el Día de la Asunción, celebrada al ritmo de gaitas, liras y mandolinas tradicionales (laouto, lyra y tsambouna) que invitan al baile por las calles. El glendi es un encuentro musical y social en donde se improvisan piezas melódicas llamadas mantinades, de alto valor poético y sugestivo ritmo.

Pero quizás lo más atractivo del pueblo de Olympos sea su cotidianeidad, el lento paso de los burros que transportan su carga por las empinadas callejuelas, la labor paciente de las bordadoras y la danza silenciosa de los molinos de viento, riqueza del pasado que aún provee de harina al pueblo para que las mujeres horneen al aire el delicioso pan de Olympos, todos los días como desde hace siglos.

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